¿Ponemos todo nuestro corazón en las cosas que hacemos?
Hace unos días tuve ocasión de ver lo más parecido a la apariencia de la felicidad que yo crea haber visto jamás. Es una cosa sencilla, simple casi diría yo, pero tremendamente impactante.
Bien, os cuento.
Esa tarde había estado entrenado en casa con el sistema BKOOL ( para los que no lo conocéis es un rodillo de ciclismo ) y durante un rato Pablo estuvo subido conmigo en la bici mientras daba pedales. Es un niño tenaz y perseverante pese a su pronta edad, no lo digo por las rabietas de niño caprichoso y consentido que no para hasta conseguir lo que quiere, no es el caso, no está constantemente pidiéndolo todo, pero lo que quiere lo pide hasta que lo logra. Quería subir a la bici con papá. Como imagináis lo tuve que subir en la bici ante su insistencia.
Allí estaba él, subido en el tubo central con las manos en el manillar y ataviado con su casco. De vez en cuando y en pleno sufrimiento de papá, "mano rápida" accionaba el cambio y bajaba algún piñón destrozandome de golpe.
En principio es una anécdota más de cualquier padre deportista e hijo que imita a papá. Pero debía contaros, y me apetecía contaros el comienzo, porque de no saber el por qué, sería de locos poner a un nano a cenar con su casco de bici. Jejejejejehej. Es una gran noticia para mi que asocie ya la bici con el casco. Si le gusta tanto la bici que aveces es imposible quitarle el casco hasta un rato después de bajarse. Estaba en casa preparando la mesa para cenar y acababa de sentar a mi hijo en la trona para que estuviera con nosotros.
Empezamos a devorar las viandas y en ello el casco empezaba a molestar, así es que se lo quitamos y proseguía nuestra cena ya que él había terminado. Acto seguido como niño que es pedía su casco, "toma el casco pero deja cenar a los papis" le digo. El empieza a jugar con el mientras nuestras miradas ocasionales lo controlan mientras cenábamos. Pablo intentaba con el casco puesto cerrar el clip. No podía.
Estaba luchando con las correas y el cierre a una mano como tantas veces había visto a papá antes de salir de casa a entrenar. Luego cada parte del cierre de la correa en cada mano, nada, no había manera. Nos miraba y hacia esos ruiditos suyos, que el pequeñajo todavía no habla, esos que hacen los nenes pidiendo ayuda. Y se dió ese momento, ese que es como un click, que nos pasa a los humanos y nos hace obrar de distinta manera. De repente se quitó el casco de la cabeza y poniéndoselo delante en la bandeja de la trona empezó a trajinar los cierres. Eureka!!!!! En un abrir y cerrar de ojos estaba cerrado.
Sus expresión cambió de golpe. Los ojos abiertos como platos. Tenía una sonrisa de oreja a oreja y no paraba de decir papá, mamá, papá, mamá. Era un rostro que reflejaba satisfacción, felicidad, era una alegría desmesurada, acababa de conseguir algo. Nosotros estábamos boquiabiertos, como os podéis imaginar. Es una pasada.
Ese rostro. Esa cara de satisfacción. Esa alegría la encuentro a faltar en los adultos. Muy a menudo no nos satisfacen cosas porque las creemos superficiales, que hacemos por costumbre, simples, banales o quizás muy fáciles.
Vivir es un regalo. Vivir cada acto cotidiano puede ser fantástico.
Empezamos a devorar las viandas y en ello el casco empezaba a molestar, así es que se lo quitamos y proseguía nuestra cena ya que él había terminado. Acto seguido como niño que es pedía su casco, "toma el casco pero deja cenar a los papis" le digo. El empieza a jugar con el mientras nuestras miradas ocasionales lo controlan mientras cenábamos. Pablo intentaba con el casco puesto cerrar el clip. No podía.
Estaba luchando con las correas y el cierre a una mano como tantas veces había visto a papá antes de salir de casa a entrenar. Luego cada parte del cierre de la correa en cada mano, nada, no había manera. Nos miraba y hacia esos ruiditos suyos, que el pequeñajo todavía no habla, esos que hacen los nenes pidiendo ayuda. Y se dió ese momento, ese que es como un click, que nos pasa a los humanos y nos hace obrar de distinta manera. De repente se quitó el casco de la cabeza y poniéndoselo delante en la bandeja de la trona empezó a trajinar los cierres. Eureka!!!!! En un abrir y cerrar de ojos estaba cerrado.
Sus expresión cambió de golpe. Los ojos abiertos como platos. Tenía una sonrisa de oreja a oreja y no paraba de decir papá, mamá, papá, mamá. Era un rostro que reflejaba satisfacción, felicidad, era una alegría desmesurada, acababa de conseguir algo. Nosotros estábamos boquiabiertos, como os podéis imaginar. Es una pasada.
Ese rostro. Esa cara de satisfacción. Esa alegría la encuentro a faltar en los adultos. Muy a menudo no nos satisfacen cosas porque las creemos superficiales, que hacemos por costumbre, simples, banales o quizás muy fáciles.
Vivir es un regalo. Vivir cada acto cotidiano puede ser fantástico.
Después de todo esto que os he contado, os volveré a hacer la pregunta con la que inicié este realto.
¿Ponemos todo nuestro corazón en las cosas que hacemos?
Y ahora os la traslado a lo que más nos gusta, al deporte.
¿Disfrutamos de cada metro que nadamos, pedaleamos o corremos?¿Lo hacemos lo mejor que sabemos?
¿Nos obligan a hacerlo?
Creo que la respuesta a todas y cada una de estas preguntas es la misma, No. Y ello, me lleva a otra ¿Por qué?
Si es lo que más nos gusta, ¿ por qué no somos capaces de disfrutar 100% y aveces nos entra pereza de entrenar.
¿Y si esa pereza aparece, por qué no lo dejamos sin más ese día?
Para los que no se den cuenta de lo afortunados que somos ahí esta un niño de menos de 2 años en este caso, para recordarnos que cualquier cosa hecha con ganas te puede reportar la mayor de las alegrías si pones el alma en lo que haces.
Felices pequeñas cosas, porque esas son los grandes momentos de nuestras vidas.
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